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Vicente Todolí
David Barro
Posiblemente uno de los mayores logros de Vicente Todolí (Palmera, Valencia, 1958) haya sido ser estrictamente riguroso en el trabajo antes de tiempo, antes de ponerse de moda las buenas prácticas y antes de que muchos centros y museos supiesen cómo actuar. En un país como España, hasta hace muy poco desacostumbrado a que sus comisarios ocupasen cargos de responsabilidad en centros, museos o muestras que presuntamente han de marcar el ritmo del arte actual, Vicente Todolí se ha convertido en un modelo, sobre todo tras su exitosa etapa como director de la Tate Modern, cargo que ocupa desde 2003 hasta ahora que acaba de comunicar su marcha de la institución.
Para quien esto escribe no es difícil reconocer su impronta cuando siendo muy joven dejaba deslizar consejos casi sin querer en medio de frases contundentes. Consejos siempre desinteresados, de esos que cobran un mayor efecto, si cabe, con el paso del tiempo. De ahí que escriba este perfil con convencimiento pero también con la pasión de quien reconoce un modelo, un referente.
Vicente Todolí estudió Historia del Arte en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia, entre 1975 y 1980, para posteriormente completar sus estudios en la Yale University (1981-1982) y en la City University de Nueva York (1982-1984). También se formó en museología en el Whitney Museum of American Art de Nueva York, entre 1984 y 1985.
Si en un primer momento pensó en estudiar arqueología, fue un viaje a la Bienal de Venecia de 1976 cuando se le despejaron las dudas. Es, por tanto, algo que resultará clave en su comprensión del arte, el contacto directo. Otras aproximaciones fueron a través de libros e ilustraciones, en sus propias palabras “de santos... con todo lo que implica eso de falsificación de la experiencia”. Esa contemplación directa de lo contemporáneo, pero también de Tintoretto, de Tiziano o de Pontormo, le llevará a estudiar historia del arte cuando los medios eran muy limitados y su biblioteca no incluía el siglo XX. Entonces, se producirá el otro giro, “la apertura de puertas”, a partir de descubrir en revistas como ArtForum, un mundo completamente nuevo que no aparecía en los libros y que le llevó a salir fuera para conseguir ese contacto directo, escribiendo a universidades extranjeras hasta que le conceden una Beca Fullbright para Estados Unidos, siendo aceptado en la Universidad de Yale.
En aquellos tiempos Vicente Todolí trabajaba en la Sala Parpalló, al tiempo que catalogaba los fondos de la Diputación de Valencia –curiosamente junto a Manuel Borja, actual director del MNCARS– y ahí sí tenía una buena biblioteca para la investigación. Pero Nueva York suponía ejercitar la mirada, “la exacerbación de la mirada”. Su carácter emprendedor queda patente en esa búsqueda llena de desplazamientos; también en sus primeras exposiciones con menos de veinticinco años, logrando traer a España muestras de Walker Evans (1982) y Robert Frank (1984). Vicente Todolí es un afortunado ejemplo de que para hacer exposiciones no bastan ideas, hay que ejecutarlas, “y eso implica una relación con el mundo”.
Del IVAM a Serralves y de Serralves a TATE
Más tarde llegará su aplaudido paso por el IVAM como director artístico. En no pocas ocasiones ha confesado que una de sus cuentas pendientes es el no haber podido instalar y presentar una colección que le debe mucho. “Recuerdo con especial cariño mi etapa con Carmen Alborch, con quien tenía un entendimiento total basado en la intuición hasta el punto que muchas veces no hacía falta ni hablar para entendernos y con una confianza mutua absoluta. Sin duda, como dices, lo que se quedó por el camino fue presentar la colección, algo que yo ya tenía planificado entre el IVAM Centro Julio González y el Centro del Carmen, una colección bastante consolidada, con las principales líneas trazadas”. Pero en Oporto, en la Fundación de Serralves, tuvo que comenzar una colección de nuevo consiguiendo lo más difícil: demostrar que uno es capaz de no repetir la fórmula ya ensayada. Allí consiguió penetrar en otra área muy significativa internacionalmente, lo que será el origen de Circa 1968, una exposición inaugural del Museo Serralves que al mismo tiempo que era una propuesta para una colección, era también una significación de un periodo que marcaba un cambio de paradigma aún no lo suficientemente explorado y que, por otro lado, fue esencial en Portugal.
En Serralves pudo concretar un proyecto en el tiempo. Recuerdo preguntarle cuánto tiempo consideraba necesario para que los proyectos de una dirección de un museo se puediesen llevar a cabo con buenos resultados. Y su respuesta fue contundente: “Yo no soy un McDonald’s curator. Creo que hay ciclos, quizás alrededor de siete años suele funcionar bastante bien, un mínimo de cinco y un máximo de diez; en este sentido, creo que en el IVAM si hubiera podido presentar la colección me hubiera ido con toda la tranquilidad de que había que cerrar un ciclo”. En efecto, Vicente Todolí no aplica las mismas fórmulas a todos sitios. Aún llevando la misma filosofía, tiene en cuenta la realidad de cada situación y los factores que la determinan, históricos, geográficos y las tradiciones de la institución en cuestión. Algo que siempre ha subrayado como una carencia española, donde todo depende en demasía de lo político: “las cosas en la vida no tienen ciclos de cuatro años como los electorales; los ciclos han de ser mayores”. Algo ha cambiado con la idea de las buenas prácticas defendida sobre todo desde el IAC, pero es verdad que esa aplicación es, en la mayor parte de los casos, bastante dudosa.
Otra característica de Vicente Todolí es el coraje y la valentía, algo que demuestra en cada lugar que va sin la necesidad de llevar consigo un equipo de confianza. Conoce primero y después crea su equipo con la incógnita que eso conlleva. Nadie del IVAM aterrizó en Serralves y nadie de Serralves ni el IVAM lo hizo en la Tate. Como si buscase añadirle más implicación al reto, Todolí siempre viaja solo y siempre ha conseguido aunar a personas cualificadas asumiendo las diferencias y que todo eso repercuta en beneficio de la institución. También se ha mostrado siempre contrario a la política de departamentos y es partidario de que la gente pueda foguearse en distintas áreas: “estoy en contra de los compartimentos estancos; lo que para algunos es contaminación para mí es riqueza”. Tampoco ha creído nunca en un personalismo exacerbado: “cuando hago un programa nunca me planteo si eso eso la línea Todolí”. Y es verdad que aun habiendo puntos de contacto y algunos artistas que coinciden –con exposiciones muy diferentes, eso sí– nunca ha sido partidario de marcar una línea concreta.
A Vicente Todolí le interesa todo aquel artista que estime que tiene trascendencia, “que considere que trasciende el ámbito de la realidad en los campos modernos, que sea capaz de abrir puertas donde parece que no había nada y de traspasar umbrales que nunca fueron cruzados”. Y es verdad que se nota en sus programaciones, en sus palabras, en sus elecciones. En su vida privada sus pasiones pasan por un buen vino –ahí su pasión de conversador se acelera todavía más–, por la tierra y la arquitectura, por el fútbol o por la literatura. Lo mismo se vuelca en una conversación sobre ellas que desconecta si el tema no le interesa. Vicente Todolí disfruta con su trabajo y sabe disfrutar también con su vida privada. Como tiene que ser. Buena prueba estaba en sus condiciones a la hora de dirigir un museo, como disponer de tiempo para escaparse a Alicante y no perder su relación con la tierra, con la curiosidad.
Ahora que llega la pausa el director de todo el conjunto Tate, Nicholas Serota, ha elogiado su enorme contribución y su particular visión de las cosas. Kandisky (2005); Albers y Moholy-Nagy: de Bauhaus al Nuevo Mundo (2006); Dalí y el Cine (2007); Duchamp, Man Ray, Picabia (2008); Rodchenko y Popova (2009) y la actual Van Doesburg y la vanguardia internacional: construyendo un nuevo mundo, son algunos de sus logros, y el décimo aniversario de la Tate Modern en mayo será una celebración de todo ello, anunció Serota.
Una semana antes de anunciar su marcha de la Tate me confesaba en una comida que estaba cansado, que necesitaba más sol y un clima más latino y bromeaba diciendo que estaba cansado de vivir como un estudiante en Londres, restándole trascendencia al hecho de dirigir la Tate Modern. Aunque no pensé que ese cansancio se ratificara tan rápido, tan inminente. Días después señaló que no le importaría ir a un museo más pequeño, con otra escala, pero antes un descanso, el descanso de un anfitrión que observa profundamente la realidad, capaz de descubrir con su mirada atenta siempre nuevas cosas, como quien mira por primera vez.
*Las declaraciones obedecen a varias conversaciones entre David Barro y Vicente Todolí desde finales de los años noventa.











