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Thomas Struth: La evolución hacia lo sublime y su progresivo agotamiento.
Ángel C. Ulloa
Thomas Struth web- Chemistry Fume Cabinet University of Edimburg (2010)
Asistir a la apertura de la retrospectiva de un artista en su ciudad podría ser un hecho anecdótico. Si el artista es Thomas Struth y la ciudad es Düsseldorf, tal hecho podría alcanzar el carácter de histórico. Las colas que se generaron a las puertas del K20, la necesidad de guardar turno para acceder al museo y el ordenado modo en que los alemanes pedían y pagaban allí sus consumiciones, puede suscitar un serio debate sobre lo que unos y otros esperamos de tales eventos.
Formado durante la década de los setenta bajo el techo de la Kunstakademie de esta ciudad alemana, la trayectoria de Thomas Struth responde a las necesidades de una generación que proyectó los presupuestos formales de su arte sobre una disciplina todavía muy cuestionada por aquel entonces.
Los últimos treinta y dos años de la producción de este artista se exponen ahora, tras haber pasado por la Kunsthaus de Zurich, en el Kunstsammlung de Düsseldorf y allí se pueden contemplar las series que durante estos últimos años han colgado de las paredes de museos de todo el mundo.
La generación de Struth tuvo en Bernd Becher y Gerhard Richter a dos de los maestros de esta escuela, su fotografía nos muestra unos comienzos ligados a las directrices de ambos. La captación del objeto singular del modo más uniforme y objetivo posible. La utilización del blanco y negro de modo sistemático y la presentación del resultado en series, siguiendo una tipología. Las fotografías de los barrios de Nueva York, Londres o Leipzig rinden culto a esas indicaciones de la academia, sin embargo, en ellas ya se vislumbraban otro tipo de intenciones que poco a poco se fueron haciendo con las vistas que Struth ha arrancando a cada ciudad.
Pertenecientes a las década de los ochenta, sus retratos, realizados en colaboración con el psicoanalista Ingo Hartman, provocan en el espectador una sensación de desnudo frente a ellos. Los personajes miran fijamente al público y analizan su comportamiento. Nuestro deambular por las salas cambia tras fijarnos en ellos, logran traspasar el soporte y se convierten en una mirada profunda que nos vuelve vulnerables.
Parejo al interés de Struth por la forma y lo monumental, la actitud del ser humano frente a determinadas situaciones supone uno de los pilares básicos de su obra. Las familias captadas por su objetivo nos hablan del interior del individuo, de lo que somos y lo que proyectamos hacia el exterior. Sus posteriores vistas de museos evidencian la actitud que mostramos frente al arte y a lo que en la actualidad lo rodea. El propio Struth compara el papel del museo y la afluencia masiva que registran las salas de arte, no exactamente con un centro comercial, sino con un campo de deportes, o con la religión. En la observación de estas imágenes se produce un guiño al mise en abyme que Georges Perec proponía en El gabinete de un aficionado.
Más impactantes aunque quizás menos reseñables resultan los trabajos a los que tanto Struth como sus coetáneos nos han acostumbrado en los últimos quince años. Espectaculares vistas de espacios que por impactantes se escapan a toda proporción humana. Sin embargo, la progresión dentro de la carrera de estos artistas posibilita la contemplación de estas imágenes, más que como un alarde de medios, como una inevitable evolución dentro de su obra –comparemos por ejemplo la serie de máquinas pin ball de Candida Hoffer con sus últimas obras-.
Sin duda, dentro de estos últimos trabajos, destacan las fotografías tomadas en centros tecnológicos que van más allá de la plasmación objetiva de un espacio. Struth logra generar obras que nos acercan a la abstracción pictórica mediante un procedimiento que tiene en la nitidez su mayor impacto y que genera un efecto cinético en algunos casos.
Su evolución, pareja a la de más componentes de su generación –Thomas Ruff, Candida Höffer o Andreas Gursky-, introduce sistemáticamente el color, monumentaliza paulatinamente el tamaño de sus obras y logra alcanzar con la captación de hiperespacios una nueva dimensión de lo sublime. Si de algo son responsables es, sin duda, de haber monumentalizado la fotografía, de haber llevado las series de Hilla y Bernd Becher a un espacio inimaginable que han evolucionado e incluso agotado a una velocidad no contemplada en la pintura.











