Robert Rauschenberg. GLUTS: Testigos de tiempos mejores

Ángel Calvo

19/08/2010

A veinte días de poner fin a casi siete meses de exhibición, una de las series menos conocidas del norteamericano Robert Rauschenberg, GLUTS, nos deja algunos de los episodios más brillantes de la carrera de esta inimitable figura. El Guggenheim de Bilbao cerrará así un ciclo que comenzó en 1998 con la gran retrospectiva que llenó el por aquel entonces, recién inaugurado museo.

Similar empeño al que llevó a muchos artistas a loar la grandeza y posibilidades de aquel emergente y fresco way of life norteamericano que, tras el desastre europeo abarrotaba todos los medios de masas, fue el que provocó un efecto contrario cuando el gigante empezó a flaquear.

Toda una generación de artistas que vanagloriaban las posibilidades de las bebidas burbujeantes, comenzaron a ver el engranaje de la máquina en forma de industria armamentística que tenía en Vietnam su cliente predilecto. La barbarie no era ajena a esa juventud atiborrada de mantequilla de cacahuete que había observado el gris panorama europeo a través de sus televisores.

Pero esa era la punta de un iceberg que todavía hoy sigue sin conocerse en su totalidad. La gran locomotora requería combustible y Texas parecía albergar en su interior la solución al problema. La fiebre del petróleo llevó a este estado al colapso total en la década de los ochenta, cuando el exceso de reservas de crudo tiró por los suelos la cotización del preciado líquido. Fue entonces cuando el pujante mercado del combustible se cebó con el estado en el que Robert Rauschenberg había venido al mundo allá por 1925. Los restos del festín fueron abandonados a su suerte y las carreteras texanas se convirtieron en un vertedero donde acumular la chatarra en la que se había convertido el imperio. Como una cenicienta que a la hora señalada trocó su flamante carruaje por una calabaza y sus bellas vestiduras por harapos.

Las idas y venidas de Rauschenberg lo llevaron de nuevo allí con motivo de la exposición Robert Rauschenberg, Work from Four Series: A Sesquicentennial Exhibition en el Contemporary Arts Museum de Houston para la celebración del 150 aniversario de la independencia del estado de Texas de México. Aquella visita le permitió observar las ruinas de aquellos tiempos mejores. Unos restos a los que él mismo aludió al presentar, ya en 1986 en la Galería de Leo Castelli, su serie Gluts con la que instaba al pueblo norteamericano a enfrentarse cara a cara con sus ruinas.

Gluts fue producto de una vuelta a los orígenes. El mundo que Rauschenberg había conocido en su infancia, yacía ahora oxidado en las carreteras que tiempo antes habían visto pasar la prosperidad en forma de barriles y máquinas atronadoras. Algunas figuras clave vieron en este arrebato una vuelta al Rauschenberg en su más puro estado.
La chatarra de desguace pasó a ser el paisaje a mostrar. Rauschenberg comenzó a ensamblar aquellos fragmentos con un desenfado y, al mismo tiempo, un respeto por el color abrumadores. Ese respeto por el color que él mismo atribuía a su formación con Josef Albers en el Black Mountain College.
Los flamantes carteles de las autopistas o de los refrescos y petroleras pasaron a alimentar sus apelmazados relieves, sus souvenirs sin nostalgia. Sus serigrafías anteriores, basadas en fotografías de diarios, se traducían ahora en testimonios reales de ese fallido sueño americano.
Ahora, los símbolos de la máquina invencible se acumulan, herrumbrosos, sobre las blancas paredes de la tercera planta del Guggenheim en una magnífica muestra que, sin duda, ha sido injustamente eclipsada por las simultáneas retrospectivas de Anish Kapoor y Henri Rousseau.

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