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Nacho Criado. Levantarse de las ruinas para observarlas desde arriba.
Ángel Calvo Ulloa
Hasta el 1 de octubre la gran retrospectiva de Nacho Criado ocupa el Palacio de Velázquez y el Palacio de Cristal del Parque del Retiro. Tras la muerte del artista en 2010 y la concesión del Premio Nacional de Bellas Artes solo un año antes, la muestra cobra un carácter póstumo que se aferra a la rotundidad de un trabajo realizado en sus cuatro décadas de producción artística.
No hay filigranas, Nacho Criado no atendió nunca a razones, su obra proyecta el fiel reflejo de un artista que creó libre. Lo insólito de sus primeros trabajos lo mantuvo en esa suerte de anonimato del que salía para plantear proyectos que se han convertido en historia del arte. Son casi 80 piezas repartidas a lo largo de esos cuarenta años. El Palacio de Velázquez alberga el grueso de la obra de un artista cuya relación con los materiales pasó por ponerse a su merced, con un reloj como herramienta básica de espera frente a lo que podría o no suceder, y de lo que aun no sucediendo, sucede de todos modos.
Agentes Colaboradores da nombre a la mayor muestra que el MNCARS ha dedicado a un artista español, refiriéndose a esa idea repetida por Criado mediante la cual la obra no era simplemente fruto del trabajo del artista, sino de una serie de condicionantes que la configuran ajenos a sus deseos.
Empeñado en situarse al margen de corrientes y etiquetas, lo cierto es que Nacho Criado supo echar mano en cada momento de las influencias necesarias, sin caer en el error de posicionarse como abanderado de ningún movimiento, regalando sutiles gestos que nos obligan a mirar de un lado a otro, buscando pistas sobre su origen. Simón Marchán destacará su lealtad a una actitud, a un sentir, que no a una manera o estilo formales.
El fuego, el aire, la tierra y el agua. El capricho dirige una serie de materiales que se muestran tras el accidente. La entrada en el Palacio Velázquez nos sitúa frente a No es la voz que clama en el desierto, la reconstrucción de una gran instalación creada en 1990 y ya expuesta en el Círculo de Bellas Artes que nos pone sobre aviso de la magnitud de lo que allí se concentra.
Inmersos en el recorrido que desgrana cronológicamente las diferentes etapas del artista, nos encontramos sus primeros trabajos en los que ese carácter cambiante viene marcado por las termitas que devoraban la madera, las lonas tensadas sobre bastidores o los hierros flexibles que configuran esos inicios. Tras esto, su Homenaje a Rothko se convierte en un frágil equilibrio que se dispone a modo de escalera cuyos campos de color uniformes nos hablan de la sutileza de esos gestos que honran a las figuras claves en su carrera. Becket, Duchamp, Beuys o ZAJ. Cada pieza homenaje es Nacho Criado en estado puro, de ahí la grandeza de honrar a los grandes sin caer en su trampa, de citar a Duchamp sin redundancias.
Su trabajo fotográfico muestra en ocasiones un carácter documental que recuerda a los paseos de Smithson o al Acconci más irreverente. Marchán Fiz lo alejará de los accionistas, sin embargo el efecto que pudo causar en su momento alguna de sus performances, podría no encontrarse lejos de las situaciones vividas por los vieneses frente a Brus o Mühl.
Sus soportes vacíos, los hierros corroídos por el oxido, los equilibrios imposibles, vidrios que parecen haberse desplomado segundos antes de nuestra llegada, la peligrosidad de cada una de sus propuestas y la negativa a adaptarse a los nuevos medios, a los materiales menos perecederos o a los formatos más idóneos para el mercado del arte.
Si el Palacio de Velázquez nos sorprende con esta antológica, el Palacio de Cristal alberga la reproducción de la instalación que el artista concibió para ese mismo lugar en 1991 bajo el título de Piezas de agua y cristal. De nuevo la fragilidad del vidrio en un estado de falso equilibrio nos acerca a esa peligrosidad y a la obra en permanente cambio.
El trabajo de Nacho Criado es una cuchillada, es el constante levantarse de unas ruinas que actualmente cobran más sentido que nunca. Sin echar mano de la repugnancia y la nausea más elemental, la contundencia de sus obras aplasta cualquier gesto afable que se pueda intuir.
Obligado gesto del MNCARS que firma así una de las exposiciones del año o lo que es más, una exposición básica para entender el desarrollo del arte español de la segunda mitad del siglo XX. Elemental.












