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László Moholy-Nagy. Desde la Torre de Radio Berlín
Ángel Calvo
Enfrentarse cara a cara con la obra de László Moholy-Nagy puede provocar cuanto menos una profunda sensación de vértigo. Una visión cenital desde la Torre de Radio de Berlín. Probablemente en esta situación se haya encontrado Oliva María Rubio, comisaria de esta muestra que, antes de viajar al Martin-Gropius-Bau de Berlín y al Gemeentemuseum Den Haag de La Haya, se podrá ver en el Círculo de Bellas Artes hasta el 29 de agosto.
El afán por la experimentación ha llevado a László Moholy-Nagy a ocupar un lugar privilegiado dentro del arte del siglo XX. Investigador incansable, su producción artística abarca todos los campos, desde la pintura al cine, pasando por la fotografía, la cual ocupa un puesto aventajado dentro de su labor creativa, y haciendo importantes aportaciones al diseño o la escenografía. Como parte activa de una Rusia en vertiginoso cambio, Moholy-Nagy asumió pronto las exigencias de una revolución que abogaba por revolucionar también las normas de un arte que a estas alturas ya había dado uno de sus mayores saltos en cuanto a planteamientos estéticos.
Llegado a la Bauhaus de Weimar en 1923, su entrada supuso, en palabras de Dominique Baqué, la primera crisis interna de la institución dirigida por Gropius y provocó una fuerte división dentro de sus planteamientos básicos. Obstinado buscador de la figura del artista total, probablemente estemos ante lo más cercano que de esta idea haya dado ese período de entreguerras. Su voluntad creadora lo mantuvo permanentemente unido a unas premisas que marcarían tanto su producción artística como su labor como teórico.
Concretamente, la muestra que alberga el Círculo de Bellas Artes, ha pretendido girar entorno a su texto más significativo. Pintura, fotografía, cine supuso, en 1925, ese cambio en los planteamientos estéticos y plásticos de un arte que buscaba interrelacionar sus disciplinas, asignado a cada una su lugar correspondiente y su labor.
La fotografía de Moholy-Nagy no se concibe sin su pintura y ésta, sin su cine. Como tampoco se podría concebir una muestra con carácter retrospectivo en la que se obviase alguno de los campos abarcados por él. Así, las paredes del CBA se han llenado con más de 200 obras pertenecientes al período inmediatamente posterior a la formulación de su teoría. Se ha tratado de modo idéntico cada una de esas disciplinas y se ha generado una armónica cohabitación del espacio.
Probablemente, Moholy-Nagy sea uno de esos casos en los que su trabajo nos acerca más a la calle que al museo, al desarrollo de una labor fabril más que al aura de la pieza única. Un obrero al servicio del arte, empeñado en destacar las posibilidades creativas de cualquier hombre y, apostando por su total desacralización. Algo que todavía a día de hoy nos sigue entregando a esa vigilia del sueño.












