Amaya González Reyes también vende oro

Ángel Calvo Ulloa

Amaya González Reyes en el MARCO (Vigo)
20/12/2011

Como colofón a un año de exposiciones que el MARCO ha programado en torno a la idea de entrar en la obra, Amaya González Reyes cierra el ciclo con otra vuelta de tuerca acerca del papel activo del espectador en la conformación del trabajo artístico.

Entrar en la obra. Perder(se) en ella supone para Amaya González Reyes la oportunidad de mostrar un extenso proyecto que la artista ha desarrollado durante el 2011 pero cuya idea viene de lejos. Un vistazo rápido a la muestra permite dilucidar una fuerte preocupación por las formas sutiles y la plasticidad que dejan, a priori, una sensación agradable al espectador. Tras esta primera idea, las obras empiezan a interconectarse y todo comienza a cobrar sentido en conjunto. Si Mitosis nos habla de la difícil distinción entre el pensar y el sentir, la serie de autorretratos Asalto (est) ético seducecon laposibilidad de aportar un guiño sutil al acto de cubrirse el rostro como un ladrón, de esconderse tras unas medias con elegantes motivos geométricos y vegetales y evitar de ese modo enfrentarse a la realidad. El rostro de Amaya González Reyes se deforma tras el tejido con el que busca fijar una barrera entre artista y espectador.

 

La pasamanería y el terciopelo configuran las siguientes piezas como objetos que transforman lo cotidiano en lujo y la vida en laberinto sin aparente solución. Obras con un carácter sutil y un fetichismo remarcado por los materiales y el modo en el que estos se tratan, pero que sin embargo no llegan al punto de perderse en un manierismo estéril. Amaya González Reyes recuerda por momentos a Monica Bonvicini en lo rotundo de sus montajes o a Mona Hatoum en la inserción de lo misterioso en lo cotidiano. La decisión con la que maneja el espacio y los elementos que lo configuran nos acercan a una artista más madura, que ya no se enfrenta simplemente a obras de marcado carácter conceptual, sino que añade además esa plasticidad que poco a poco iba lanzando destellos desde sus primeros trabajos. Así lo vemos en Tender la red (trampa escultórica), una gran malla metálica suspendida del techo, generando un imponente volumen que junto con la jaula que ocupa al completo una de las salas, conforma el grueso de esta exposición que va elaborando con piezas de menor formato la configuración de su discurso.

Amaya juega con el espectador al no saber que hacer, a dar la sensación de que nunca se muestra segura de sus pasos, pero sorprendiendo en cada uno de ellos. Entrar en la obra engloba a cinco artistas que han aportado una línea meramente teórica y ahora, al margen de esa característica que se mantiene, deja un conjunto de obras que van más allá. La muestra habla por sí sola, el discurso la refuerza, pero es autónoma.

 

A modo de conclusión, Vivencias de una urraca arroja luz a la hora de unificar y comprender el simbolismo que encierra esta última entrada en la obra. El lujo, los impulsos incontrolables o lo puramente onírico nos acercan a la figura de Amaya González Reyes y nos llevan a preguntarnos cuánto de autobiográfico encierra este trabajo.

 

Lo de Amaya es en definitiva una decidida apuesta de futuro, estamos ante los firmes pilares de una carrera que se consolida y que alerta del importante momento que vive el arte gallego, máxime cuando a escasos trescientos metros del MARCO nos encontramos, en la calle Cervantes, con el Halcón Milenario, espacio independiente de reciente creación en el que tres artistas del creciente panorama urbano vigués –Pelucas, Tayone y NanVaz- sorprenden con una gran instalación que bajo el título de Se vende oro, abre un claro en un ambiente enrarecido por una crisis que a estos lugares parece no haber llegado.

DARDO · Rúa Severino Riveiro Tomé 3, bajo · 15702 Santiago de Compostela · T. +34 881 976 986 ·