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Leopoldo Nóvoa. El artista que respiraba salud.
Basta una única frase para intuir la extraordinaria actitud de Leopoldo Nóvoa ante el arte y la vida: "aquí se respira salud". Lo dijo a propósito de Atlántica, la exposición que derivó en grupo para transformar el arte en la Galicia de los años ochenta, aprovechando la oportunidad eufórica de las reivindicaciones autonómicas. La frase funcionó así como emblema de una generación; hoy nos vale para recordar una actitud: la de Leopoldo Nóvoa.
Como no llegué a conocer su estudio de París, me quedo con la tensión que se desprendía de su taller de Armenteira, en el que dominaba la pausa, pero también la pasión, la entrega. Su mirada curiosa se destilaba en constructivas conversaciones sobre un contexto, el del arte gallego, que nunca le resultó ajeno, independiente de intereses generacionales que tanto inquietaron a otros artistas preocupados en escalar en una hipotética escala de valores. Leopoldo nunca tuvo miedo a la novedad, ni trató de apropiarse de ella. Gran parte de su éxito fue asumir y definir sus propios tiempos, saber destilar sus inquietudes en obras, sin obsesionarse por si era un momento propicio para ello. Aún así, sin buscarla ni perseguirla, no estuvo falto de fortuna crítica, de reconocimiento.
Si entramos en valoraciones formales, su aportación no fue menos vital. Seguramente, podríamos hablar de pintura expandida para definir sus actuaciones en el mural de la cantera del Parque de Santa Margarita en A Coruña o en los años sesenta en el mural del Cerro en Montevideo o las termas del Arapey, en Uruguay, pero, también seguramente, atentaríamos contra el sentir modesto de Leopoldo Nóvoa, que solo nos hablaría del pulso de la materia como algo vivo y de un simple cambio de escala. Porque Leopoldo Nóvoa siempre tuvo la suficiente personalidad para no tener que justificar sus actuaciones, ese ‘estar a la última’ que domina el hacer de tantos artistas. Su exigencia radicó en algo más interior, en una aprehensión del mundo como algo en peligro de descomposición.
Hoy nos quedamos con esa materia sincopada que precede a cada cuadro, ese reventón de la superficie que trafica con la luz para conseguir efectos, zonas enigmáticas, heridas que significan una actitud punzante como esos clavos que más tarde asumieron la superficie. Recuerdo que cada nueva entrega de sus obras fue siempre motivo de alegría; aunque pareciera siempre igual, porque nunca ha intentado correr más que la velocidad misma. Leopoldo Nóvoa no ha corrido tanto como otros, pero sin duda ha mirado mucho más y eso lo ha convertido en el artista gallego más importante de su generación; por su obra, sí, pero también por muchas otras cosas.











