
El tiempo de la prisión
Michael Hardt
El tiempo en prisión es la forma obvia de castigo en nuestra sociedad. La libertad, es decir, el control de nuestro tiempo, está concebida como la piedra de toque y la posesión más preciada en la sociedad moderna como algo que es igual para todos. De ahí que por una lógica inescrutable, el paradigma del castigo sea la pérdida del bien más preciado que todos poseemos en igualdad: el tiempo.
La prisión dispone de nuestro tiempo en cantidades determinadas con precisión. Como las ecuaciones entre el tiempo de trabajo y el valor, nuestra sociedad establece un cálculo elaborado y familiar para todos entre el crimen y el tiempo en prisión. Robar un coche equivale a seis meses; la venta de drogas ilegales equivale a cinco años; el asesinato equivale a diez años. El crimen concreto se abstrae, se multiplica por una variable misteriosa y se vuelve a hacer concreto como castigo en la forma de una cantidad de tiempo precisa. Los cálculos son totalmente arbitrarios (no tienen ni siquiera la horrible relación metonímica de cortarle la mano a un ladrón) pero, mientras que es posible cuestionar la relatividad de los dos términos de la ecuación, pocas veces dudamos de la viabilidad del cálculo mismo. El castigo es igual a tiempo. Esta lógica es simplemente obvia desde nuestra sociedad moderna. A través de la prisión, el poder es infundido directamente al tiempo como una serie de disciplinas, reglamentaciones, órdenes. El tiempo es una medida del poder, y una vez que un poder soberano posee nuestro tiempo es odioso verlo irse. (Genet nos cuenta, por ejemplo, que el cadáver de cierto preso no fue entregado a su familia, sino que tuvo que quedarse temporalmente en prisión porque todavía tenía tres años de sentencia pendiente). El poder en nuestra sociedad es sobre todo poder sobre nuestro tiempo.
Los presos comúnmente se refieren al tiempo que pasan en prisión como cualitativamente diferente al tiempo fuera. La prisión desperdicia el tiempo, destruye el tiempo, vacía el tiempo. Los prisioneros cumplen tiempo en prisión por sus crímenes y “hacen tiempo” para pagar su deuda. Ese tiempo está vacío por la repetición del horario y la rutina de la prisión. El tiempo se estira y se colapsa en una especie de ilusión óptica. Cada día está lleno de actividades y citas obligatorias y especificadas con todo detalle. El tiempo se mueve al ritmo de un caracol, el día es interminable. Miras esa mosca en la pared y sus movimientos parecen infinitamente lentos. La comida parece no llegar nunca, sin embargo cuando recuerdas esos días desde la distancia parecen indistinguibles. Se pliegan unos sobre otros como el fuelle de un acordeón. El tiempo utilizado parece no tener duración, la precisa repetición de sus componentes, la homogeneidad y la falta de novedad le quitan sustancia. El tiempo de prisión carece del azar, es tiempo predestinado. Nada es impredecible. Todo está planeado de antemano por un poder superior. Las variadas manos de las autoridades penitenciarias parecen darle concreción a la mano todopoderosa del destino que mueve al preso a través del camino programado de la sentencia. Los presos tratan en vano de aferrarse a este tiempo volátil y efímero dotándolo de alguna sustancia o concreción aunque sólo sea simbólicamente, tachando los días en un calendario, rayando un muro marcan el tiempo.
Los reos viven la prisión como si se tratase de un exilio de la vida, o más bien, del tiempo de la vida(4). El tiempo siempre es su principal preocupación (cualquier preso cambiaría la severidad del castigo por la mitad del tiempo). En el tiempo de la prisión, la existencia misma de los presos parece haberse vaciado al verse reducidos a meras sombras que transitan los corredores de la prisión. El peso del destino, el (destino) impuesto por el poder soberano del tiempo de la prisión parece haberlos empujado fuera de sus cuerpos, fuera de la existencia misma. Los prisioneros son así forzados a buscar la esencia en otro lado, lejos de su propia existencia desperdiciada y empobrecida. La vida interior aparece para algunos como un refugio fuera del tiempo y más allá del dolor y el tedio de la rutina de la prisión. No importa cuanto me expongan al ojo brutal de las autoridades penitenciarias, no importa cuantos cacheos y humillaciones, no pueden tocar lo que soy por dentro, lo que soy en realidad. Otros presos se consuelan al imaginarse fervientemente la riqueza de una vida en libertad fuera de los muros que los encierran –ya sea en su pasado concreto, en un presente alternativo o en un futuro posterior a su liberación. Lo primero que haré cuando salga...entonces estaré realmente con los vivos. Este ser completo y este tiempo lleno no pueden coincidir con su existencia pero deben de ser proyectados siempre en otro lado. No ha de sorprendernos que tantos presos sufran conversiones religiosas. Están obligados a lidiar con una de las problemáticas metafísicas más intensas y a sufrir el subsecuente malestar ontológico. Están limitados a una existencia separada del ser –este es su exilio de los vivos. [...]
Artículo de Michael Hardt publicado originalmente en Dardo magazine 5. Descárgalo aquí [+]











