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La experimentación del rostro
Alberto Ruiz de Samaniego
“No hay en mi opinión, un rasgo mayor de felicidad para un individuo que el que siempre quiera saber todo el mundo cómo fue en realidad” / Plinio el Viejo
Qué altivez, qué soberbia y qué altivez, la de este Breton. Giacometti tenía que haberle contestado: hubo un tiempo en que la cabeza, y más concretamente el rostro, se consideraba el lugar mismo de la humanidad.
Es más, lo que fundamentalmente definía la humanidad en el hombre, en la especie humana, no era el cuerpo, ni por supuesto los diversos apéndices: manos, piernas, orejas, brazos; ni la cabeza siquiera. Sino el rostro. Sólo los hombres tienen rostro.
¿Qué es el rostro? ¿Sabe Breton acaso de verdad lo que es un rostro? En realidad, nadie sabe con exactitud lo que el rostro sea. El rostro es eso indefinido que emerge, distinto, del fondo bestial de la cabeza; eso que, también, se separa o tiende a independizarse del cuerpo, como si el rostro liberase lo que de espiritual puede haber en el hombre y por ello necesitase distanciarse de su anclaje animal, o meramente corporal. Un primer plano, un retrato de un rostro era, antes que nada, una demarcación de espiritualidad; el intento de sondear expresivamente lo que de espiritual, reflexivo o incluso sentimental o emotivo pueda haber en la carne y el cuerpo. Por esto mismo, la cuestión del rostro no es en absoluto baladí, de hecho lo ha sido todo en Occidente. Y por la cabeza, precisamente, por el rostro, entran todos los problemas de identidad que la tradición ha signado mediante algunos viejos deslizamientos conocidos, como el doble o la sombra, la máscara, o la autoscopia negativa ante el espejo, por no hablar, en fin, del mal de ojo, eso tremendo que los italianos llaman la jettaturay con lo que Gautier escribió un relato maravilloso, y verdaderamente sádico.
Porque el rostro es el lugar de la mirada. Una atalaya, bien problemática. El lugar desde donde se ve y desde donde también uno es visto. Esta es la razón de que el rostro sea, además, el lugar privilegiado de las relaciones y funciones sociales. Por eso el semblante, la faz, ha sido en Occidente el lugar significante por antonomasia (¡la Santa Faz! Cf. Verónicasde Zurbarán; Orlan: Santo Sudario: Impresión fotográfica sobre gasas esterilizadas empapadas en sangre) y, por ello mismo, también, el rostro, en tantas ocasiones, ha aspirado a la pantalla de la máscara: máscara o lugar de visibilidad simulada que permite no dejar ver nada, no dar en el intercambio de información visual nada de nada, aparentado sin embargo rostridad. La máscara (por ejemplo, en Raoul Hausmann), pues, como lugar de solapamiento de la verdad, permite la configuración de una situación de trascendencia: ver a los otros exponiéndose ante uno sin que la situación recíproca se produzca.
Por lo demás, el tema del doble es, en este sentido, en el sentido del autorretrato, verdaderamente fascinante. Lo que en realidad fascina, atrae y al tiempo horroriza del doble (en Jorge Molder o en Jeff Wall), es que su forma es plenamente humana, que ese su rostro es el mío, que ese otro soy yo, pues tiene en definitiva mi rostro. Es curioso que mi doble, ese íntimo extranjero, el que tiene mi rostro, posea en realidad mi semblante o mi rasgos más que yo mismo, en la medida en que lo único que el hombre, esto es: yo, no puede ver naturalmente jamás,es precisamente su rostro propio. Nadie conoce su rostro, nadie lo percibe; él es lo invisible para todos nosotros. El rostro es la única parte de mi cuerpo que no veo nunca, a no ser en el espejo, a no ser en la fotografía o a través de otro medio de reproducción técnica de la imagen. (Este punto ciego es lo que manifiestan tantos autorretratos donde contemplamos el sujeto de espaldas. Cf. Johannes Gumpp, Henri Lartigue). Pero, claro, éstos medios –del espejo en adelante–, estas mediaciones, siempre dan de mí no sólo una visión invertida, más o menos empequeñecida además, sino en cierta medida –en qué gran medida– falseada, retorizada. Diferente, asimismo –seguro– de la que tienen los otros de mí, y diferente –también por seguro– de la que yo guardo o tengo de mí mismo; de la que creo que reposa, enigmática, secreta, velada, instantánea, fugaz o prohibida en mi invisibilidad –esto, a fin de cuentas, es lo que sucede siempre con la verdad, que es tan fugaz como incapturable (Cf. autorretrato de Magritte), pero no por ello debemos abandonar el intento de perseguirla, aun sabiendo que siempre tendremos que acabar por inventarla, por construirla. Decía Picasso: “Muchas veces en mi vida me ha sucedido el sorprender una expresión de mi rostro que yo no he podido nunca reencontrar en ninguno de mis retratos. Y eran tal vez mis expresiones más verídicas. Debería hacerse un agujero en un espejo con la finalidad de que el objetivo (de una cámara) pudiese captar tu rostro más íntimo de improviso…” Ilusión de Occidente, anhelo del autorretrato: que la verdad, mi verdad, resplandezca de improviso, como por un milagro, una radiación o un fogonazo. Pero un autorretrato no se hace en un instante. Un autorretrato es una indagación, una procura, un proceso que sólo finaliza, posiblemente, con la mascarilla funeraria (Cf. A. Rainer: mascarilla de Swift). Una inquisición reiterada y un tanto obsesa: lo expresa bien el trauma del espejito, espejito, o el contexto criminal, clínico y policiaco al tiempo del cara-a-caracon el espejo; es la persecución, al cabo, de una verdad que no se revela del todo, de la escena originaria y póstuma por siempre perdida: yo mismo, esa nadería, tal vez un inexistente o un fantasma, alguien que fue o estuvo, por veces una fantasmada incluso (Cf. El autorretrato de Malevich de 1933). Este autorretrato es verdaderamente irónico, doblemente cáustico. Es un sarcasmo bien triste respecto del realismo socialista que le obligó, a partir del año 1932 a un arte figurativo y de propaganda. Es una réplica enfática y voluntariamente ridícula del ideal estético del individuo creador del Renacimiento, con esa su mirada levemente alzada hacia el cielo, como su propia mano indica, con una palma que se abre hacia lo alto, o hacia el vacío. Este gesto retoma la actitud serena y sagrada, por ejemplo, del autorretrato de Durero de 1500. Escepticismo incluso respecto del constructivismo, ahora reducido a una ridícula vestimenta como de carnaval. Si bien, fijémonos en la firma, ese cuadrado negro da qué pensar…
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